Prólogo

Prólogo

Por debajo y más allá del debate modernismo/postmodernismo

Cuando reflexiono sobre la disputa modernismo/postmodernismo, encuentro que debo dividir la cuestión. Intuitivamente, elijo algunos puntos de vista bastante bien conocidos para suscitar mis observaciones. Si no, no existe la posibilidad de decir nada de interés. Por ejemplo, cuando considero el debate en los términos de la pintura moderna, destaco las opiniones de Clement Greenberg y Rosalind Krauss.1 Cuando considero la disputa en los términos de la arquitectura, encuentro que debo incluir el rechazo del estilo internacional por parte de Robert Venturi y el contraste original de Charles Jencks.2 Cuando la considero en términos de cine y de video, no puedo ignorar la extensa revisión del capitalismo moderno de Fredric Jameson.3 Cuando la estudio en la teoría literaria y en la literatura, descubro que no estoy nada seguro de qué consultar en absoluto. Entiendo la ventaja de un contraste pertinente y manejable como aquello que se puede sacar de los puntos de vista opuestos de Michael Riffaterre y de Linda Hutcheon (aunque es obvio que Hutcheon ha sido influida por Riffaterre).4 Sin embargo, ninguno de ellos está vinculado al debate generador de la misma manera que lo estaban los otros ya citados; en su propio patio, por así decirlo. Para eso, debería, quizás, considerar a alguien como Ihab Hassan.5 Al pensar en la disputa en términos filosóficos, no puedo ignorar el circo de tres pistas entre Jürgen Habermas, Jean-François Lyotard y Richard Rorty. Aunque si me concentro demasiado en las detalles de su batalla particular, me arriesgo a perder la posibilidad de cualquier postmodernismo recuperable, por ejemplo, nada tan blando como ha sido propuesto por Zygmunt Bauman. Y, quizás, arriesgo aún más.6 Y, entonces, me encuentro, simplemente, en un callejón sin salida.

No hay ningún centro establecido en el debate modernismo/postmodernismo. Parece muy diferente desde los Estados Unidos, desde la Europa Occidental, desde la Oriental, y, por supuesto, desde otros lugares. Al repasar las distintas artes, las figuras mencionadas juegan una especie de doble papel en los debates relevantes. Son tan efímeras como el mismo debate modernismo/postmodernismo. Sin embargo, entienden intuitivamente el enigma más profundo y duradero que aquella disputa esconde. Estamos atrapados en la moda del debate, pero todavía no estamos preparados para el desafío del enigma. Los debates acerca de las artes específicas son notoriamente provincianos y especializados. De verdad, no se puede discernir qué es uniformemente «postmodernista» en la arquitectura, el cine y la literatura, por ejemplo.

Es un error pensar que al moverse de campo a campo, se está concretando, de alguna manera, una determinada disputa contínua, relativamente homogénea, que converge en los modernistas y postmodernistas.7 Más bien, se está recomendando una manera de definir las junturas de ciertas historias conceptuales locales con un sentido de estar en el medio de una más amplia transformación que no se puede sondear del todo. Aquí nos encontramos involucrados en una profecía acerca de cuáles son los grandes temas que probablemente destacarán al definir el aparente agon de nuestro mundo. Sentimos la necesidad de buscar algo más allá de lo obvio.

Por eso he sido tan despreocupado en lo de citar nombres. Más tarde, cuando sea apropiado, seguiré algunas de esas referencias, incluyendo a Clement Greenberg, en cuya obra la disputa modernismo/postmodernismo se puede transformar de manera ilustrativa en cuestiones más profundas acerca de lo que debemos considerar los cambios principales en nuestra concepción del conocimiento y la investigación. Estoy convencido de que las artes pueden ofrecer una pista mejor con respecto a cómo recuperar la «objetividad» a finales del siglo que los tratamientos habituales de las ciencias naturales, por ejemplo. Aquí nos despistan las familiares disputas frontales de la filosofía académica. Necesitamos una forma de entrada que eluda su negativa, peculiarmente alerta, a mirar más allá de las disputas más convenientes.

A este respecto, estoy convencido de que el debate modernismo/ postmodernismo es más una síntoma que una completa problemática en sí misma. Las distintas formas que ha asumido la discusión se arremolinan alrededor de problemas incomensurables y a menudo conducen a conclusiones totalmente absurdas. Por ejemplo, ¿quién puede imaginar, con Krauss, que el arte postmodernista simplemente acaba por completo con los procesos referenciales? ¿O que la alta pintura modernista está esencialmente dedicada, o debe estarlo (según la visión de Greenberg), a no violar la validez absoluta de la superficie «llana» y de dos dimensiones de la pintura de caballete? Y, ¿quién cree, con Lyotard, que las «metanarrativas» de segundo orden (legitimación) se pueden descartar sin ningún argumento que lo apoye (lo cual sería también, por supuesto, legitimador)? Existen un sinfín de tales excesos absurdos que aquellas disputas engendran. No sería más que un estorbo recogerlos todos. Los modernistas son tan malos como los postmodernistas. El truco reside en penetrar bajo la superficie de las confrontaciones aparentes del día. No hay duda de que algo de importancia se esconde allí, dado que la academia en su conjunto y buena parte de la prensa pública se interesan en lo que parece ser un enigma interminable. Pero sería mucho mejor adivinar qué significa todo esto en vez de responder de modo ingenuo a las formas inútiles que asumen, de hecho, los argumentos más persistentes. Tienen interés en promover extremos memorables.

Esta es mi sugerencia. El mundo ha llegado al punto de preguntarse en alta voz si hay, en nuestros días, una transformación fundamental en perspectiva o si hay una ya en marcha que eclipsará, o podría eclipsar, todos los cánones que el modernismo y el postmodernismo han apoyado o atacado. Cuando digo «el mundo», quiero decir, por supuesto, los «representantes» del mundo en la academia, quienes son propensos a recriminaciones siempre que se sienten amenazados pero que normalmente carecen de los habilidades suficientes (en tal coyuntura) para improvisar una mejor alternativa a cualesquiera elecciones inaceptables que sean ofrecidas. Sugiero que lo que ha sido sentido, más que analizado, tiene que ver con la cuestión de si la realidad y nuestra comprensión de ella –o de cualquier parte sobresaliente de la misma (las ciencias naturales y humanas, las artes, el entendimiento humano, la política, o el derecho, por ejemplo)– todavía pueden aferrarse a cualquier gama fiable de estructuras invariables, invariables modales, en particular, o si, de no ser eso posible, hemos de admitir que la realidad es un flujo y preguntarnos lo que eso presagia para nuestros asediados cánones y normas.

Permítaseme ofrecer aquí una pequeña muestra sacada de la ingente literatura sobre modernismo (o la «modernidad») para orientar nuestro sentido del creciente agon. Alasdair MacIntyre, al reconocer el papel de la incommensurabilidad en la diversidad de historias y culturas locales, reprende a la modernidad de la siguiente manera:

Aquella fe en su habilidad de comprender todas las cosas de la cultura e historia humanas, no importa lo ajenas que

parezcan, es en sí una de las creencias que define la

modernidad. Es obvio en la manera en que se enseña y

escribe la Historia del Arte, de tal manera que los objetos y textos producidos por otras culturas están sometidos

a nuestro concepto del Arte, permitiéndonos exponer bajo

una sola rúbrica en nuevos contextos artificiales y neutros,

en nuestros museos, lo que, de hecho, eran objetos heterogéneos y muy diversos. De una manera importante, nuestros museos se han convertido en los edificios públicos para la modernidad culta de la misma manera que el templo lo fue para la Atenas de Pericles o la catedral para la Francia del siglo trece.8

MacIntyre está en lo cierto respecto a la deformación conceptual que deplora; sin embargo no se da cuenta de la ironía ímplicita en lo que dice. En primer lugar, las inconmensurabilidades de esquemas «ajenos» percibidas son vistas como tales por nosotros. Son producto del horizonte de nuestras propias sensibilidades, a través de las cuales «aumentamos» el entendimiento de nuestras propias limitaciones coceptuales en tanto que captemos (o, al menos, afirmemos haber captado) las inconmensurabilidades ajenas. En segundo lugar, la capacidad por medio de la cual afirmamos haber logrado entenderlas nunca confirma tal logro por disponer de un nivel neutro de entendimiento ni por emplear un poder inmutable de la razón capaz de repasar todas las variaciones de la historia. La ironía reside en que, según el sentido de la modernidad de MacIntyre, todos nosotros somos modernos y no podemos evitar ser otra cosa que modernos. MacIntyre pretende haber escapado a la limitación de la historia, confirmando, por tanto, que él sí es modernista.9 En este sentido modificado considero la modernidad ni más ni menos que como la condición humana: la tentación, o mejor dicho, el caer en la tentación, de creer que la formación contingente de nuestros poderes cognitivos no

subvierte el derecho de estar seguros de percibir tanto lo humano como el mundo natural de forma demostrablemente neutra. Aquí se empieza a ver un enigma más profundo que el que propone el postmodernista y al que el modernista se opone. Todavía queda la cuestión de si, dentro de los términos presentados por la «tentación» de MacIntyre, tenemos derecho a ser modernistas o postmodernistas o lo que sea. Por «modernismo» entiendo –o recomiendo que entendamos– la pretensión de que, al ser modernos (trivialmente, inevitablemente), suponemos que de hecho alcanzamos una posición neutra y objetiva adecuada para resolver todo lo contingente, la inconmensurabilidad local, los esquemas conceptualmente ajenos, la historicidad, la variedad de perspectivas, y cosas por el estilo –es decir, la convicción de que, no importa si tratamos de la naturaleza física o de la cultura humana, siempre podemos discernir «cómo es el mundo», debidamente separado de las condiciones de perspectivas limitadas de la investigación humana. Por «postmodernismo», sugiero que entendamos la negación de la tesis del modernismo.***

Ahora bien, los postmodernistas convencionales, en especial Lyotard y Rorty, apoyan (por lo menos implícitamente) lo que yo presento como el tema postmodernista, pero van mucho más allá, de manera arbitraria, al recomendar el desmantelamiento de la filosofía en su totalidad y al considerar su consejo como el resultado lógico de su propio descubrimiento. La consecuencia de la enorme disputa que ellos inician (una consecuencia que no admiten) nos obliga a considerar si la objetividad y la neutralidad en asuntos epistémicos de primer orden se puede asegurar a través de los familiares esfuerzos reconstructivos aplicados a la corriente histórica y a la aparente eficacia de nuestras investigaciones científicas. Planteo la cuestión filosófica en términos locales, como prefieren los postmodernistas (con razón). Sin embargo, tampoco se pude ignorar la posibilidad más amplia: siempre hay una cuestión de segundo orden que cualquier éxito científico engendra.

Supongo que a nadie se le escapa la doble ironía de decir todo esto. Después de todo, yo estoy atrapado en el diagnóstico de la tentación ineludible de convertir la pérdida de la neutralidad y la objetividad en su opuesto, con respecto tanto a la presunción del modernista como a mi propio análisis. Pero la paradoja autorreferente* *tiene menos miga de lo que parece. Lo que quiero decir es que la preocupación legitimante acerca de la seguridad del modernista es un triste hecho de la vida, no solamente promovido por la entera corriente histórica de la filosofía, difícilmente resuelto por argumentos simples y autojustificantes sobre la fiabilidad de nuestras propias y sentidas creencias, y ahora visto como el problema espinoso que es.

Por supuesto hay una paradoja que no se puede ignorar, pero es (o se puede demostrar que es) bastante benigna, si (1) la neutralidad y la objetividad no se consideran seguras de manera patente, (2) se abandona todo privilegio cognitivo, (3) admitimos que nuestros poderes cognitivos se forman históricamente (y, por tanto, contingentemente y variablemente) y (4) concedemos, por consiguiente, que la recuperación de la objetividad no se puede asegurar consistentemente salvo en términos constructivistas y bajo las condiciones reunidas como (1)-(3).

A no ser que reafirmemos el privilegio cognitivo, no hay alternativa si no abandonamos por completo la verdad y el conocimiento legitimados. Acerca de esto, los postmodernistas son, con razón, ambiguos. Porque, por supuesto, si los hechos y el conocimiento son, en cierto modo, construcciones críticas, entonces la confianza epistémica de primer orden sin la legitimación de segundo orden (también una construcción) no tiene sentido en absoluto. (El postmodernista elude la dificultad). Lo que afirmo no es que tengamos el derecho de reclamar la neutralidad sino que el enigma triangulado que ahora confrontamos es inevitable en nuestros tiempos. Hemos agotado los argumentos del privilegio cognitivo; no podemos dejarnos desconcertar por la falsa amenaza de la paradoja autorefente. Tampoco podemos volver de manera convicente a las viejas certezas. Debemos o bien rechazar la empresa legitimadora por completo o bien rescatar nuestra supuesta objetividad nada más que como un artefacto provisional que podemos alterar y revisar indefinidamente (cuando nos parezca conveniente), de acuerdo con lo que consideremos nuestros intereses primordiales (cambiantes, por supuesto).

El modernismo es la vieja opción defendida ahora frente al desafío presentado en términos de (1)-(3). El postmodernismo es el abandono del modernismo en vista de (1)-(3) o (1)-(4) y, en consecuencia, el abandono de todo intento (cualquiera que sea) de legitimar nuestras aseveraciones, nuestras pretensiones de conocimiento. Poner las cosas así es aislar el non sequitur del postmodernismo y la táctica de cerrojo del modernismo. De otro modo, el intento de definir no es más que una caricatura de la filosofía. Sólo hay que salvar un pequeño obstáculo una vez visto que existen todas las razones para ir más allá del modernismo y postmodernismo, una vez definida la controversia de nuestra época según sus convenientes clichés.

No recomiendo tal definición porque oscurece la importancia de todo lo que ilumina. Sin embargo, interpretada correctamente, tal definición sí ilumina, a pesar de lo que oscurece. Creo que, desde la Revolución francesa, la filosofía occidental ha dividido su alianza entre (1)-(2) y (3)-(4) de la lista ya mencionada. Es decir, cuando nos aproximamos al final del siglo –unos doscientos años después de la Revolución francesa y algo menos desde la inmensa contribución de Hegel y sus reflexiones sobre la Revolución– se ha convertido en un lugar común considerar el rechazo del privilegio cognitivo equivalente a la aceptación de la historicidad. Por supuesto, la ecuación falla: no existe ningún vínculo entre ambos, y todas las corrientes recientes de la filosofía hasta el final de nuestro siglo contradicen la lección.

1 Para un esbozo breve, ver Joseph Margolis, Interpretation Radical But Not Unruly: The New Puzzle of the Arts and History (Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1993), cap. 1. También ver Clement Greenberg, «Modernist Painting,» Art and Language 4 (1965).

2 Véanse Robert Venturi, Complexity and Contradiction in Architecture (New York, Museo de Arte moderno, 1966); Charles Jencks, The Language of Postmodern Architecture (New York: Rizzoli, 1984), pt. 1; y Charles Jencks, What Is Postmodernism? (London: Academy Editions, 1986).

3 Véase Frederic Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism (Durham: Duke University Press, 1991).

4 Véase, por ejemplo, Michael Riffaterre, «Intertextual Representations: On Mimesis as Interpretive Discourse;» Critical Inquiry 11 (1984); y Linda Hutcheon, A Poetics of Postmodenism: History, Theory, Fiction (New York: Routledge, 1988). Para una visión de conjunto, ver Margolis, Interpretation Radical But Not Unruly, cap. 5.

5 Véase, Ihab Hassan, Paracriticisms: Seven Speculations of the Times (Urbana: University of Illinois Press, 1975).

6 Ver Jürgen Habermas, «Modernity Versus Postmodernity,» New German Review 22 (1981); Jean-François Lyotard, The Postmodern Condition: A Report on Knowledge, trad. Geoff Bennington y Brian Massumi (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1984); Richard Rorty, «Habermas and Lyotard on Modernity, » Philosophical Papers, vol. 2 (Cambridge: Cambridge University Press, 1991); y Zygmunt Baufman, Postmodern Ethics (Oxford: Blackwell, 1993).

7 Véase, por ejemplo, Stefan Morawski, The Troubles with Postmodernism (London: Routledge, 1996).

8 Alasdair MacIntyre, Whose Justice? Which Rationality? (Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1988), 385. (El énfasis aquí y en otras partes de pasajes citados está en el original).

9 Véase, MacIntyre, Whose Justice? Which Rationality? cap.10.

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