Un Prefacio

Prefacio a What after all is a Work of Art?

Traducción María Soledad Alútiz y Peter A. Muckley

Después de trabajar durante mucho tiempo y con entusiasmo en cualquier campo de investigación elegido, a veces el resultado parece totalmente independiente del trabajo realizado, casi como producido en estado de sonambulismo. Tengo que admitir que he tenido precisamente esta sensación al completar esta pequeña serie de conferencias. Al principio parecían obras independientes, encargadas para ocasiones bien distintas. Sin embargo, ahora parecen poseer una unidad tácita más profunda, si se puede decir así, de la que nunca fui consciente mientras estaba trabajando en ellas por separado. Ahora, al editar la serie, veo que, de hecho, muestran un tema común más importante que no se puede encontrar lo suficientamente desarrollado en una única conferencia. Por ejemplo, el prólogo, acerca de modernismo y posmodernismo, está sacado de las conferencias que di en el Decimotercer Congreso Internacional de Estética –en Lahti, Finlandia, en el verano de 1995– y en la Segunda Conferencia Internacional de Filosofía y Cultura, celebrada en San Petersburgo, Rusia, una semana más tarde. El prólogo no tenía que ver directamente con la preparación de las tres conferencias que lo siguen, las cuales presenté en varias Universidades japonesas en la primavera de 1997. Al escribir el primer ensayo, no tenía ni idea de que las otras conferencias estuvieran ni siquiera en perspectiva y preparé las tres conferencias ya mencionadas (es decir, las que constituyen los capítulos 1 a 3) como obras completamente separadas para ocasiones totalmente distintas durante un maravilloso viaje por Japón. La última disertación (ahora capítulo 4) fue escrita, también, en respuesta a una invitación completamente diferente para hablar ante un pequeño grupo: The Society for the Philosophic Study of Contemporary Visual Arts, que se reunió en Filadelfia, Pennsylvania, en el invierno de 1997.

Sin embargo, las conferencias ahora sí confirman el tema que organiza el conjunto, es decir, el sentido en que las obras de arte y los seres humanos participan mutuamente en la tarea de interpretar y entenderse unos a otros. Retrospectivamente, no es sorprendente, ya que tanto las obras de arte como los seres humanos son artefactos moldeados culturalmente, aunque sean de clases profundamente diferentes. Sus historias son similarmente complejas, intencionalmente significativas en el mismo sentido cultural, y están inseparablemente unidas a los devenires interpretados de unas y otros; en consecuencia, su relación responde a la amenaza del aislamiento abrumador de la vida de la conciencia reflexiva (y significado) que pertenece exclusivamente a personas humanas.

El Arte es una de las actividades principales a través de las cuales hacemos familiar e interpretivamente seguro nuestro mundo ajeno. Pero es una lucha sin fin que se desarrolla por medio de reinterpretar nuestro pasado histórico —a fortiori, esto realmente cambia el significado del pasado histórico y, por tanto, también el significado de la creciente población de obras de arte– y, en consecuencia, requiere una lógica compatible para dar sentido al intento. Encuentro la idea desarrollada de manera impresionante en las conferencias de Hegel sobre la Filosofía del Arte, aunque sin duda algunos pensarán que he hecho una lectura anacrónica de Hegel al decir esto. Puede ser, pero creo que esa idea es la única manera de sacar sentido coherente de la inmensa imaginación conceptual de Hegel, sin invocar intuiciones dudosas acerca del telos verdadero de la historia. En cualquier caso, las cuatro conferencias aquí recogidas investigan los enigmas principales (a mi juicio) que han sido oscurecidos por el foco equivocado sobre la disputa modernismo/posmodernismo. El epílogo es una respuesta agradecida a una sugerencia de uno de los lectores de la editorial Penn State que había recomendado una explicación más amplia de la cuestión planteada en el capítulo final. Ahora el epílogo unifica los argumentos de todas las partes separadas. Aquel lector tenía toda la razón al señalar la necesidad de un resumen.

Di las conferencias centrales durante una visita de tres semanas (en la primavera de 1997) como invitado de la Sociedad Japonesa para el Fomento de la Ciencia (JSPS). Mi visita coincidió con la estación de los cerezos en flor en Japón, la cual experimenté en varias ciudades: Tokio, Kyoto, y un pequeño pueblo costero cerca de Yamaguchi. Durante la estancia, mi anfitrión fue Ken-ichi Sasaki, catedrático de Estética en la Universidad de Tokio, director del Departamento, actual editor de la revista japonesa Aesthetics, y además un querido amigo. A mi parecer, él había arreglado las estaciones para permitirme un atisbo del sentido japonés del encuentro entre Oriente y Occidente, visto a través del tratamiento de la vida urbana dentro de la naturaleza más amplia, o sea, a través de jardines o cerezos o una concepción más explícita de formas alternativas de urbanidad. Estoy en deuda con él y con una maravillosa serie de anfitriones en las Universidades de Kyoto, Hiroshima, Yamaguchi, Keio y Tokio. Quiero mencionar en especial al profesor Ken-ichi Iwaki, catedrático de Filosofía en la Universidad de Kyoto. Sin embargo, espero que, al hacerlo, todos los demás que hicieron mi viaje tan espléndido no piensen que les he olvidado. Me parece que dar una lista completa sería como cumplir una obligación formal. Solamente decir que me siento gratamente obligado con el JSPS por la oportunidad de conocer (aunque sólo fuera un poco) tanto el vigoroso mundo académico de Japón como una cantidad de excelentes talentos. No diré nada más acerca de la invitación original de Sasaki ni de su papel como anfitrión, salvo que no podría haber estado en mejores manos. Lo demás lo reservo para una ocasión en la que yo pueda servir de anfitrión a Sasaki.

En el texto que sigue, he intentado mantener el tono de una serie de conferencias, lo que permite una economía de la que no me había dado cuenta antes, pero también se corre el riesgo de una cierta elipsis e, incluso, de alguna repetición inevitable. Lo he preferido porque creo que casi se puede escuchar la voz del hablante, que (espero) reduce la amenaza mortal de la jerga académica. Sin embargo, eso significa que he ofrecido ciertas líneas estratégicas de pensamiento más que una pesada defensa de cualquier doctrina particular. De hecho, proporciono las defensas, pero de forma más ligera de lo que, de otra manera, hubiera sido el caso. Aparte de esto, debo dar las gracias a Raeshon Fils por haber dado forma al manuscrito, como tantas veces ha hecho anteriormente, y a Sandy Thatcher, director de la editorial Penn State, por su habitual mezcla de eficiencia y generosidad sin ostentación.

Filadelfia, Pennsylvania

Febrero de 1999

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